Se acaba de sancionar la ley 184 de 2020 (Violencia política contra la mujer), que refiere a otra sanción para quienes arremetan contra las mujeres en sus roles políticos, profesionales y laborales, en la creencia, que ha erigido la panacea que reivindica la igualdad, respeto y dignidad exigidas por las féminas.

Hace apenas seis años empezó a regir la ley 82 de 2013 denominada “femicidio”, que introdujo el artículo 132-A a nuestro Código Penal, que adopta medidas de prevención contra la violencia en las mujeres, y sanciona la muerte de una mujer como delito autónomo en circunstancias específicas con pena superior a la señalada para la muerte de un hombre. Sin entrar a debatir que con dicha norma se crea una desigualdad que, la Corte Suprema de Justicia ha declarado constitucional por entender que dicha disposición lo que pretende es educar y sentar precedentes que concientice a la sociedad y tiendan a disminuir las numerosas muertes de mujeres.

Resaltando la noble intención de algunos legisladores, es del caso preguntarnos: ¿ha disminuido la comisión del delito de femicidio desde el 2014? No. ¿La expedición de normas represivas combate la violencia? No. ¿Se han tomado en cuenta los estudios sobre los orígenes de la violencia contra la mujer? No. ¿Las penas aumentadas sirven para proteger la integridad física de la mujer? No. ¿Han disminuido los actos violentos contra las mujeres? No. ¿Se han adelantado estudios socio-económicos donde se gestan dichos delitos? No.

Estudios sesudos internacionales indican que la única forma de combatir ese flagelo, es mezclando la educación y cultura con la sanción y un robusto abanico de oportunidades provenientes del Estado; erradicando ese estigma femenino de que su misión de vida es la dependencia y subordinación de la mujer; proscribiendo la dulce y perversa aspiración de madre y padre, de que las hijas deben casarse o hacer vida marital con hombres adinerados y de buena posición social que reclasifique sus estatus sociales así sean tratadas como cosas de uso desechable.

La cárcel para asesinos de mujeres no es la única solución, solo sirve para satisfacer ansias de congratulaciones sociales.

Nelson Delgado Peña

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